El negocio de la culpa
British Petroleum inventó la huella de carbono. Coca-Cola extrae 55 mil millones de litros de agua al año. Pero el villano, te dicen, eres tú.
Comencé a sentir culpa desde niño: por usar agua, por no separar los residuos, por dejar la luz prendida y por no terminar el horrible plato de hígado encebollado. La capa de ozono me preocupaba enormemente y ni siquiera entendía lo que era. Estábamos matando el planeta y yo estaba colaborando: un asesino de apenas 30 kilos y poco más de un metro.
Desde entonces siento culpa. Y, honestamente, no creo que se me quite. Porque formar parte de la humanidad nos hace cómplices por nacimiento de todo lo malo que sucede en el mundo.
Pero es un engaño cuidadosamente diseñado. No espontáneo. No accidental. Las grandes empresas, los gobiernos y los verdaderamente ricos aprendieron hace tiempo a repartir la culpa entre todos nosotros. Porque así es más sencillo controlarnos, porque así podemos vivir en la ilusión de que nuestro aporte individual —aislado, mínimo— va a salvar algo. Mientras tanto, los responsables reales permanecen cómodamente fuera de cuadro.
¿No me crees? Pensemos en la huella de carbono. Suena a concepto científico, ¿no? Pues no del todo. La idea de medir la huella de carbono personal se popularizó masivamente a partir de campañas impulsadas por British Petroleum, que incluso lanzó un calculador en línea en 2004 para que midieras tu impacto individual. Para ello contrataron a Ogilvy & Mather, una de las agencias de publicidad más grandes del mundo. El mensaje era claro: el problema eras tú y tu coche. Mientras tanto, según el informe Carbon Majors, solo 100 productores de combustibles fósiles están vinculados a alrededor del 71 % de las emisiones industriales globales desde 1988. Pero claro, el villano sigue siendo tu viaje al Oxxo de cinco minutos.
Lo mismo sucede con el agua. Según el Laboratorio de Estudios sobre Empresas Transnacionales de la UNAM, Coca-Cola extrae alrededor de 55 mil millones de litros de agua al año en México. De acuerdo con esa misma fuente, se requieren aproximadamente 69 litros de agua para producir un litro de refresco, considerando todo el proceso productivo. Mientras tanto, cerca del 24 % de los hogares mexicanos no tiene agua todos los días. ¿Y cuánto paga la refresquera por el agua que utiliza? Reportes citados por organizaciones y medios indican que Coca-Cola FEMSA paga alrededor de 2 600 pesos al año por cada concesión. Pero el problema, te dicen, es que dejas correr la llave mientras te lavas los dientes.
O el internet: ese que amo y del que no puedo despegar la mirada. También me enseñaron a sentir culpa por usarlo. Pero los documentos filtrados de Facebook muestran que la culpa está integrada al diseño: sus sistemas priorizan el contenido que genera reacciones intensas —incluida la rabia— porque eso aumenta la interacción. Más interacción, más tiempo. Más tiempo, más anuncios. La monetización depende directamente de cuánto tiempo pasamos ahí, aunque el ingreso por minuto varía según el país y el año. Yo me siento mal por mi supuesta falta de voluntad. Ellos, en cambio, facturaron alrededor de 118 mil millones de dólares en 2021, y en años recientes esa cifra ha superado los 200 mil millones anuales.
No me avergüenza amar el internet. Me niego. El problema no es usarlo, sino quién lo administra y bajo qué incentivos. La culpa no es un efecto secundario: es parte del modelo de negocio.
Y así podría citar más y más ejemplos en los que esta estrategia funcionó a la perfección. Se trata de revictimizar a la víctima. Te dicen: “Sí, se está acabando el agua, pero eres tú el que no está haciendo nada”. Es un chantaje a gran escala. Te premias el día que haces una acción correcta y te castigas con dureza cuando fallas. La culpa se convierte en una forma de disciplina cotidiana.
No digo que lo que haces no sirva. Sirve. Los actos individuales importan. Pero esa culpa que te persigue no nació contigo: te la implantaron. Para que no mires arriba, para que no preguntes quién decide, quién extrae, quién acumula. Para que el villano sea siempre el reflejo que ves cada mañana.
Así, cada día al despertar, sentirás vergüenza: por trabajar, por descansar, por usar el internet, por existir. Carajo… lo hicieron bien.
¿Y qué nos queda? Resistir. Quitarnos la culpa inútil sin renunciar a la responsabilidad. Obrar por el bien común sin autoflagelarnos. Aceptar que somos humanos, que nos equivocamos, que no somos inocentes absolutos, pero tampoco los principales culpables.
Y no, no es tu tío con un BMW ni tú por darte un lujo ocasional. Son otros. Son los que ni siquiera viven aquí, los que concentran recursos, decisiones y poder a una escala que no aparece en los discursos de consumo responsable.
Nos metieron al negocio de la culpa desde niños. Nos enseñaron a mirar hacia abajo, nunca hacia arriba. Pero resistir también es aprender a señalar. Y a recordar, cada vez que intenten avergonzarnos por existir, que esta historia no empezó con nosotros… y tampoco debería terminar así.
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