Entre la espuma y el jabón, salvé al mundo (pero se me olvidó escribirlo)
Durante años creí que la literatura solo podía nacer en los lugares correctos —con silencio, café y una libreta hermosa—. Hoy sospecho que las mejores ideas se esconden entre la espuma, el ruido y el cansancio.
Mientras lavaba los trastes, escribí en mi mente el discurso más conmovedor que existe. Incluso escuché los aplausos, los vítores, la alegría de los niños del mundo al saber que vivirían, por fin, en un planeta en paz. Al llegar a la computadora me di cuenta de que no podría contar que la idea se me ocurrió entre la espuma y el jabón, mientras raspaba la yema del huevo y los frijoles.
Así le negué a la humanidad algo tan trascendental.
De esta manera he descartado tantas ideas y ficciones. Por no concebirlas en lugares o momentos que consideré dignos. Detrás de ese romanticismo que me impuse para escribir —esa idea de glorificar la escritura— solo se escondía una barrera. Una voz que me exigía silencio, teclado nuevo, libreta hermosa, café caliente, cigarrillo apagado, astros alineados, tristeza y enojo en su punto.
Una tontería total. Porque no me dejaba escribir cuando lo deseaba. Porque me impuse un escenario perfecto. Porque si a la primera línea no nacía la obra del siglo, me frustraba y culpaba al momento.
¡Pura idiotez!
Y por eso ahora me obligo a escribir. Aunque sea pura tontería. En la condición que sea. Basta de romantizar la escritura: esta nace cuando estamos en el inodoro, al bañarnos o en la fila del supermercado. Ahí es cuando el cerebro se estira, cuando la mente divaga sin vigilancia. Y si dejamos que se extienda, luego, cuando lleguemos al teclado, podremos vaciarnos, y sentir esa paz como después de hacer el amor.
Durante años creí que la literatura exigía algo grandioso: un descubrimiento, una tragedia, una idea luminosa que justificara el texto. Pensaba que solo los acontecimientos excepcionales merecían ser contados. Lo cotidiano, lo torpe, lo vulgar —eso no. Me lo prohibía.
Ahora empiezo a pensar que estaba equivocado.
Que lo común no es un obstáculo, sino el punto de partida.
Que el verdadero filtro no está en lo que vivimos, sino en cómo lo miramos.
Lo entendí después de pasar años trabajando desde casa. Sin la ciudad, sin los rostros en el transporte, sin el ruido ajeno que antes me recordaba que había un mundo allá afuera. Mi vida se redujo a una habitación. Y aun así, dentro de ese encierro, las ideas no desaparecieron. Solo cambiaron de forma. Empecé a notar los silencios entre una videollamada y otra, la forma en que la luz se dobla sobre la mesa al atardecer, la manera en que mi mente busca refugio en historias absurdas cuando no puede más.
Ahí estaba la materia de la literatura. No en los viajes ni en las aventuras, sino en el pensamiento que surge mientras uno lava los platos o espera a que cargue una página.
Porque al final, escribir no es registrar lo extraordinario, sino descifrar lo ordinario.
Y eso también puede ser ficción. Borges lo entendió: el tiempo, los laberintos, los espejos no nacieron de un milagro, sino de una habitación en Buenos Aires.
Yo también pasé años buscando escribir “la gran historia”, la que deslumbrara a todos. Y lo único que conseguí fueron textos falsos, forzados, vacíos. Hasta que entendí que no necesito un tema glorioso para escribir, solo una mirada dispuesta.
Quizá la rutina no sea el enemigo del arte, sino su territorio natural. Quizá el baño, el escritorio o la espera en el supermercado sean el escenario donde se esconde la voz que llevo tiempo buscando.
Porque, si no soy capaz de escribir sobre mi propio silencio, ¿qué me hace pensar que podré escribir cuando llegue el ruido?
Así que esta columna, que a veces ha mirado hacia afuera —los fenómenos de internet, la cultura, los otros—, hoy mira hacia adentro. Hacia lo que ocurre cuando nada ocurre. Hacia la mínima chispa que se enciende incluso en los días más idénticos.
Quizá de eso se trate escribir: de aprender a escuchar lo que parecía no decir nada.
Y seguir escribiendo.
Una y otra vez.
Hasta que algo, finalmente, respire.
P.D. Estos meses de ausencia tienen explicación, pero no valen la pena para un texto.