Me encanta internet
Todos dicen que deberías dejar las redes sociales. Yo digo: te amo, señor internet. Una confesión sobre vivir atrapado sin culpa.
Me encanta internet. Y probablemente a ti también: por eso estás aquí. Decirlo hoy se ha vuelto casi tan escandaloso como confesar que amas una droga dura. Todos conocemos el diagnóstico: adicción, deterioro de la atención, manipulación algorítmica, radicalización política. Decir “me encanta internet” suena parecido a decir: me encanta cómo se me pudre el cerebro hasta no poder ver una película completa.
Y sí: me encanta cómo se me pudre el cerebro hasta no poder ver una película completa.
Durante un tiempo guardé con orgullo esos videos que prometían liberarme de las redes sociales —en las redes sociales—. Me daban algo parecido a una superioridad moral de bolsillo. Hoy me provocan náuseas. Les grito a la pantalla: ya entendimos, gracias, déjame ver algo divertido.
Nada de esto es nuevo. De niño escuché exactamente el mismo sermón sobre la televisión. Luego sobre los videojuegos. Todo era dañino, todo nos iba a arruinar. Visto desde aquí, aquello parece casi contemplativo. Lo de ahora es otra cosa: un gancho, una pregunta, subtítulos, un corte, un movimiento de cámara, otro más, otro más. Treinta segundos que se sienten como dos. ¿De qué trataba el video? No importa. Se sintió bien. Eso basta.
Disfruto especialmente el contenido más podrido posible: lo cutre, lo chafa, lo tan malo que ni siquiera podría ser generado por inteligencia artificial. Mientras más absurdo, mejor. Mientras más inútil, mejor. Los memes, sobre todo los memes. Esa forma mínima, colectiva, anónima de inteligencia. Los amo.
Antes, internet y la vida real eran mundos distintos. Los chistes vivían allá. Para entenderlos había que estar ahí: foros, salas de chat, MySpace, Newgrounds. La vida real ocurría en otro lado: con amigos, familia, vecinos, perros. Hoy esa frontera desapareció. Ya no basta con vivir afuera ni con vivir adentro. Hay que hacer ambas cosas. Si sales a la vida real sin saber qué pasó en internet, estás fuera. No conoces el meme, el trend, la canción, la noticia. Te quedas callado. Te miran raro.
Pero el castigo también opera al revés. Si solo consumes y no vives, tampoco tienes nada que decir. El sistema es perfecto: vive para consumir, consume para vivir. Así se pertenece ahora.
Esto pasa en todas partes. Cada país tiene sus memes, cada tema su lore, cada rincón su microcultura. La fusión se completó. Abandonar internet hoy es tan viable como renunciar a un idioma. Puedes hacerlo, claro. Pero buena suerte viviendo aquí.
¿Y qué se supone que hagamos? ¿Destruir a las grandes tecnológicas? ¿Organizarnos? ¿Protestar? ¿Hacer un detox digital y salir a tocar pasto? Ya es tarde. Estamos dentro.
No voy a recomendarte “contenido de calidad”. No sé qué demonios significa eso. Ya eres adulto. Sabes qué te hace bien y qué no. Si quieres freír tu cerebro con basura, adelante. Pero hazlo sin culpa. La culpa no redime a nadie; solo mantiene funcionando el mismo sistema que dice combatir. Convierte un problema estructural en una falla moral individual. Así nunca cuestionas quién diseñó el sistema: solo te cuestionas a ti mismo por caer en él. Es perfecto: mientras estás ocupado sintiendo vergüenza por scrollear, nunca preguntas por qué el mundo está diseñado para que no tengas otra opción.
Es momento de decirlo en voz alta: amamos el internet. Lo aceptamos. Ya entregamos nuestros datos, nuestra atención, nuestros hábitos. Nos manipulan, nos monetizan, nos vuelven adictos. Ningún detox va a salvarte de eso. Borrar aplicaciones no te vuelve libre; solo te vuelve invisible. Y el humano no soporta la exclusión.
Por eso resulta tan irritante la hipocresía: quienes condenan todo esto desde Substack, Instagram o TikTok, mientras viven exactamente de lo que atacan. Que se queden con su superioridad moral. La crítica al internet se volvió otro producto del internet. Se vende bien.
Nada tiene demasiado sentido. Abracemos el absurdo. Te tocó este tiempo y hay que vivirlo con algo de honestidad. No todo es bueno, pero tampoco todo es ruina. Quizá cuando todo colapse, aprendamos algo.
Mientras tanto: ¡te amo, señor internet!